lunes, 26 de enero de 2026

JESUCRISTO, EL JEHOVÁ DEL ANTIGUO TESTAMENTO


 

CUANDO LOS HIJOS CRECEN Y LOS PADRES ENVEJECEN

 


“Si alguna viuda tiene hijos o nietos, aprendan estos primero a ser piadosos para con su propia familia y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios.” (1 Timoteo 5:4)

Muchos padres viven con la esperanza silenciosa de que, al llegar la vejez, sus hijos estarán a su lado. Sin embargo, la realidad de nuestro tiempo muestra que no siempre ocurre así. Las ocupaciones, la distancia, las responsabilidades personales y los cambios culturales han debilitado los lazos de acompañamiento familiar.

La Biblia no ignora esta realidad. Por eso no presenta el cuidado de los padres como algo automático, sino como algo que debe aprenderse: “aprendan estos primero…”. Honrar a los padres no es solo una emoción; es una decisión espiritual, una expresión práctica de la fe.

Jesús mismo, aun en la cruz, pensó en el cuidado de su madre (Juan 19:26-27). Esto nos enseña que la verdadera piedad no se queda en palabras, sino que se manifiesta en actos concretos de amor, respeto y responsabilidad.

Pero también hay un mensaje para los padres:

Nuestra seguridad última no debe descansar en los hijos, sino en Dios. Los hijos pueden fallar, pero el Señor nunca abandona a los que confían en Él.

“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.” (Salmos 27:10)

Ahora si eres hijo:

Pregúntate: ¿De qué manera práctica estoy honrando hoy a mis padres? A veces no se trata solo de vivir con ellos, sino de acompañar, escuchar, apoyar y respetar.

Si eres padre o madre:

Ama a tus hijos sin convertirlos en tu esperanza futura. Enséñales con tu ejemplo, pero deposita tu confianza en Dios, quien promete sostenerte en cada etapa de la vida.

Los hijos son una bendición, pero Dios es el sustentador. Cuando la familia falla, la fidelidad de Dios permanece.

SE ACERCA EL FIN



“Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará." Mateo 24:12

Cada día somos testigos de un mundo que se aleja más de Dios. Lo que antes causaba vergüenza hoy se celebra; lo que antes se consideraba pecado hoy se justifica; y lo que antes se defendía como verdad hoy se relativiza.

La Biblia nunca prometió que el mundo mejoraría espiritualmente. Por el contrario, nos advirtió que, a medida que se acercara el fin, la maldad se multiplicaría y el amor se enfriaría. No es solo una crisis social o moral: es una crisis espiritual.

“El mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19).

Sin embargo, en medio de esta oscuridad, Dios no ha dejado de hablar. Él sigue llamando al arrepentimiento, sigue extendiendo Su misericordia y sigue buscando corazones dispuestos a escuchar su voz.

“El Señor es paciente… no queriendo que ninguno perezca” (2 Pedro 3:9).

Este tiempo que vivimos no es casualidad. Es una oportunidad. Cada día que pasa es una muestra de la gracia de Dios, dando tiempo para que las almas vuelvan a Él. Pero también es un llamado urgente para los creyentes: no podemos vivir distraídos ni callados.

“Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación” (Romanos 13:11).

Mientras el mundo corre hacia la oscuridad, el pueblo de Dios está llamado a caminar en la luz, a vivir en santidad y a proclamar la verdad con amor. No es tiempo de tibieza, sino de compromiso; no es tiempo de silencio, sino de testimonio.

Es bueno preguntarse:

¿He permitido que el ambiente del mundo enfríe mi amor por Dios?

¿Estoy viviendo con conciencia de que el tiempo es corto?

¿Estoy siendo luz donde Dios me ha puesto?

El mundo puede empeorar, pero Dios sigue siendo fiel. Aún hay tiempo, aún hay gracia, aún hay salvación.

sábado, 24 de enero de 2026

CONECTADOS A TODO, DESCONECTADOS DE DIOS

 


“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10)

Vivimos en una generación constantemente conectada. El celular es lo primero que miramos al despertar y lo último antes de dormir. Recibimos mensajes, noticias, imágenes y opiniones sin pausa. Sin darnos cuenta, el ruido digital va apagando la voz suave de Dios.

La tecnología no es mala en sí misma; es una herramienta poderosa. El problema surge cuando ocupa el lugar que solo Dios debe tener en nuestro corazón. El ser humano del siglo XXI sigue siendo el mismo que el de antaño: con miedo, con dudas, con culpa y con sed de eternidad. Ninguna aplicación puede dar paz al alma ni esperanza al corazón.

La Biblia nos advierte que en los últimos tiempos el conocimiento aumentaría, pero también el amor se enfriaría (Daniel 12:4; Mateo 24:12). Hoy sabemos mucho, pero escuchamos poco; hablamos mucho, pero meditamos poco; estamos informados, pero no transformados.

Dios sigue hablando, pero exige algo que esta generación ha perdido: quietud. Para conocer a Dios hay que detenerse, apagar el ruido y abrir el corazón. Las nuevas generaciones no necesitan menos a Dios, lo necesitan más, aunque muchas veces no lo sepan.

Examinemos nuestro corazón:

¿Cuánto tiempo paso conectado a una pantalla y cuánto conectado a Dios?

¿Busco dirección espiritual o solo distracción?

¿Es Cristo el centro de mi vida o solo una opción más entre muchas?

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).

Hoy decide establecer momentos de silencio con Dios. Apaga el celular, cierra las redes por unos minutos y abre la Palabra. Usa la tecnología como herramienta, pero no como amo. Permite que Dios vuelva a ocupar el primer lugar en tu corazón.

La tecnología conecta personas, pero solo Dios conecta el alma con la eternidad.

miércoles, 14 de enero de 2026

PRÉDICAS QUE DAN SUEÑO




Pienso que al tocar este tema pues debo ser cuidadoso porque también predico la palabra y debo confesar que cuando hablaba desde el púlito he visto a más de uno que se dormía, pero también lo he apreciado en otros predicadores a quienes también he escuchado y cuyas prédicas la verdad, me daban sueño. Por eso me pregunto ¿a qué se debe esto?
La Biblia afirma con claridad que “la palabra de Dios es viva y eficaz” (Heb 4:12). Si la Palabra es viva, ¿por qué a veces su exposición parece producir cansancio, distracción o incluso sueño? La respuesta no está en la Palabra misma, sino en cómo es presentada, recibida y vivida.
1. No toda prédica larga es profunda, ni toda prédica corta es ungida
La Escritura no mide la eficacia del mensaje por su duración, sino por su claridad y propósito. Eclesiastés 12:9–10 dice que el Predicador “procuró hallar palabras agradables y escribir rectamente palabras de verdad”. Hay predicaciones que edifican, pero no conectan; enseñan, pero no capturan; informan, pero no transforman. Cuando el mensaje carece de dirección clara, el oyente se pierde, se fatiga y su mente divaga.
Pablo exhorta: “Si la trompeta da sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Co 14:8). Una prédica sin enfoque, aunque bíblica, puede volverse pesada.
2. La falta de pasión espiritual se transmite
En Lucas 24, los discípulos de Emaús escucharon una explicación extensa de las Escrituras, pero al final dijeron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba…?” (Lc 24:32). El problema no era la duración del mensaje, sino que estaba cargado de vida, propósito y revelación.
Cuando el predicador habla solo desde la información y no desde la convicción, cuando el mensaje no ha pasado primero por su propio corazón, es difícil que despierte el corazón de otros. La unción no se improvisa; fluye de una vida encendida delante de Dios (Ro 12:11).
3. El peligro de predicar para cumplir y no para edificar
Ezequiel 33:32 describe a un pueblo que escuchaba con agrado, pero sin obediencia: “Tú eres para ellos como cantor de amores… oyen tus palabras, pero no las ponen por obra”. Paradójicamente, hoy también ocurre lo contrario: oyen, pero se cansan, porque perciben que el mensaje no tiene una carga pastoral real.
Cuando la prédica se vuelve rutina —domingo tras domingo— pierde frescura. Malaquías 1:13 habla del fastidio en el servicio: “¡Oh, qué fastidio es esto!”. A veces no lo decimos, pero se nota en el tono, en la estructura y en la falta de expectativa.
4. También hay una responsabilidad del oyente
No todo el peso recae sobre el predicador. Jesús dijo: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mr 4:9). Hay corazones cansados, distraídos o endurecidos que llegan al culto sin hambre espiritual. Hechos 20:9 menciona a Eutico, que se durmió incluso mientras Pablo predicaba. El texto no condena a Pablo, sino que muestra la fragilidad humana.
Sin embargo, esto no exime al predicador de examinarse: ¿estoy ayudando al oyente a mantenerse atento o lo estoy dejando solo en su lucha?
5. La prédica bíblica debe ser fiel y comunicable
Nehemías 8:8 dice que los levitas “leían el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”. Predicar no es solo decir la verdad, sino hacerla entendible, cercana y aplicable. La Biblia no glorifica la confusión, sino la edificación (1 Co 14:26).
Las prédicas que “dan sueño” no siempre carecen de verdad, pero muchas veces carecen de vida comunicada, de enfoque claro o de pasión espiritual. La Palabra nunca es aburrida; lo que puede volverse pesado es nuestra manera de presentarla o de recibirla.
Como pastores y predicadores, estamos llamados no solo a ser fieles al texto, sino también responsables del corazón del oyente. Predicar con verdad, con amor, con claridad y con fuego. Y como oyentes, acercarnos con hambre, expectativa y reverencia.
Que Dios nos libre de púlpitos correctos pero sin llama, y de oyentes presentes pero ausentes de corazón.

jueves, 8 de enero de 2026

LLAMADOS A SERVIR, NO A SER EXALTADOS



En la vida cristiana, Dios levanta a hombres y mujeres para servirle en diversos ministerios, y cuando ese servicio es fiel y fructífero, suele venir acompañado de reconocimiento, aprobación e invitaciones. Sin embargo, este escenario, aunque legítimo en apariencia, encierra un serio peligro espiritual: que el corazón del siervo desvíe su mirada de Cristo hacia sí mismo, permitiendo que el aplauso humano alimente la soberbia y transforme el llamado al servicio en una búsqueda de exaltación personal. La Biblia advierte con claridad sobre este riesgo y nos llama a examinar nuestras motivaciones para que, en todo, solo Cristo sea glorificado.

1. El llamado original del siervo: glorificar a Cristo, no a sí mismo

La Escritura es clara: todo don y ministerio tiene un solo propósito: la gloria de Dios.

“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (1 Pedro 4:11)

Cuando el siervo comienza a buscar aplausos, aprobación o fama, el enfoque se desplaza del trono de Cristo al ego humano. El ministerio deja de ser servicio y se convierte en plataforma personal.

2. El peligro del aplauso: la gloria robada

La Biblia muestra que la aceptación del hombre puede convertirse en una trampa espiritual.

“¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?”(Juan 5:44)

Muchos comienzan bien, pero el reconocimiento constante adormece la vigilancia espiritual. El aplauso es peligroso cuando reemplaza la aprobación de Dios.

Un ejemplo contundente es Herodes:

“El pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor lo hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios” (Hechos 12:22–23)

Dios no comparte su gloria (Isaías 42:8).

3. La soberbia: antesala de la caída ministerial

La Escritura advierte repetidamente sobre el orgullo espiritual: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”

(Proverbios 16:18)

Cuando el siervo se engríe:

deja de rendir cuentas

se vuelve irreprensible

confunde autoridad con autoritarismo

ya no pastorea, controla

4. Liderazgo bíblico vs. dictadura espiritual

Jesús fue muy claro en este punto: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas… mas no así vosotros” (Lucas 22:25–26)

Y Pedro exhorta a los líderes: “Apacentad la grey de Dios… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2–3)

El liderazgo cristiano no se mide por:

cuántos obedecen

cuántos aplauden

cuántos temen

Sino por cuánto se parece el líder a Cristo.

5. Cristo: el modelo supremo de humildad ministerial

Jesús, siendo Dios, rehusó exaltarse:

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29)

“El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45)

Si el Maestro lavó pies, ningún siervo tiene derecho a levantar un trono para sí mismo.

6. La prueba del ministerio no es el éxito, sino la humildad

Pablo, a pesar de su grandeza ministerial, dijo:

“¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías?” (1 Corintios 4:7)

El verdadero siervo entiende que:

el don no lo hace superior

el llamado no lo hace intocable

el fruto no lo hace dueño de la iglesia

El aplauso del hombre es pasajero, pero la aprobación de Dios es eterna.

Cuando un siervo se engríe, el ministerio deja de crecer y comienza a corromperse.

Dios exalta a los humildes, pero resiste a los soberbios (Santiago 4:6).

“Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1 Pedro 5:6)